Lectura y Explicación del Capítulo 86 de Salmos:
1 Inclina, Jehová, tu oído, y escúchame, porque estoy afligido y menesteroso.
2 Guarda mi alma, porque soy piadoso; ¡salva tú, Dios mío, a tu siervo que en ti confía!
3 Ten misericordia de mí, Jehová, porque a ti clamo todo el día.
4 Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, Señor, levanto mi alma,
6 Escucha, Jehová, mi oración y está atento a la voz de mis ruegos.
7 En el día de mi angustia te llamaré, porque tú me respondes.
8 Señor, ninguno hay como tú entre los dioses ni obras que igualen tus obras.
9 Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre,
10 porque tú eres grande y hacedor de maravillas; ¡solo tú eres Dios!
11 Enséñame, Jehová, tu camino, y caminaré yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombre.
12 Te alabaré, Jehová, Dios mío, con todo mi corazón y glorificaré tu nombre para siempre,
13 porque tu misericordia es grande para conmigo y has librado mi alma de las profundidades del seol.
15 Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad,
16 mírame y ten misericordia de mí; da tu poder a tu siervo y guarda al hijo de tu sierva.
Estudio y Comentario Bíblico de Salmos 86:
Cuando la confianza nace de la aflicción
En Salmos 86 encontramos un corazón que no se esconde ni disfraza su dolor. El salmista no solo pide ayuda, sino que admite, con toda sinceridad, lo mucho que depende de Dios. Eso me parece algo muy real: la confianza verdadera no es no tener problemas, sino entregarse de lleno a pesar de ellos. Cuando nos sentimos frágiles, heridos o solos, es justo ese momento cuando podemos mirar hacia Dios y encontrar un refugio que nos sostiene. No se trata de esconder lo que sentimos, sino de llevarlo todo, sin miedo, delante de Él, porque sabe escuchar y guardar cada rincón de nuestra alma.
Dios, un refugio lleno de misericordia y escucha
Lo bonito de este salmo es que Dios no aparece como un juez distante ni implacable, sino como un Padre lleno de ternura que está atento a cada grito, a cada suspiro. La oración, entonces, deja de ser una rutina fría para convertirse en un diálogo vivo, donde podemos esperar que algo se mueva. El salmista confía en que Dios va a responder, porque sabe que su naturaleza es compasiva y que tiene el poder para salvar. Eso me hace pensar en esas veces en que, aunque todo parece perdido, dejarse llevar por esa esperanza es lo que realmente nos sostiene.
Vivir en la verdad y testificar desde el corazón
En medio de las tormentas, el salmista no solo busca consuelo, sino que pide ser guiado por el camino de Dios, un camino que no se recorre solo cuando todo va bien, sino sobre todo cuando la vida nos desafía. Caminar en la verdad es algo profundo: significa tener el corazón firme, vivir con respeto y reverencia hacia Dios, reconociendo su presencia en cada paso. Y esa experiencia sincera de fe no se queda adentro, sino que se expresa en alabanza y gratitud, mostrando al mundo que la verdadera adoración nace cuando hemos vivido la misericordia de Dios en carne propia.
Es como cuando después de pasar por un momento difícil, uno no solo sigue adelante, sino que se siente impulsado a compartir lo que aprendió, a ser testimonio vivo de que no estamos solos. Esa es la fuerza que brota de una fe que no se queda en palabras, sino que se manifiesta en vida.
Responder al odio con fidelidad y esperanza
No podemos ignorar que la vida también trae enfrentamientos, críticas y hasta conspiraciones. El salmista sabe bien lo que es eso, pero no permite que el miedo lo aleje de Dios. En lugar de caer en la trampa del rencor, pide que Dios intervenga para que su vida sea un testimonio claro de su ayuda y consuelo. Eso me recuerda a esas personas que, a pesar de las dificultades, siguen mostrando luz y calma, sin dejar que el odio los consuma. La fe auténtica, entonces, no solo aguanta las tormentas, sino que tiene el poder de transformar la hostilidad en algo distinto: en respeto, en admiración, en esperanza. Salmos 86 nos invita a eso, a confiar en la fidelidad de Dios, a buscar su camino con humildad, y a ser portadores de su misericordia en un mundo que, muchas veces, parece no entendernos.















