Portada » Hechos 3

Hechos 3

📖 Estos anuncios nos ayudan a seguir creando contenido gratuito. Si quieres apoyar nuestro proyecto y ocultar los anuncios para siempre, toca aquí para hacerte miembro.
Escucha el capítulo bíblico: 🔊
Escucha el capítulo completo: 🔊

Volver al libro Hechos

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Lee el Capítulo 3 de Hechos y pulsa sobre cada versículo para ver su explicación.

Lectura y Explicación del Capítulo 3 de Hechos:

1 Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, que era la de la oración.

2 Había un hombre, cojo de nacimiento, que era llevado y dejado cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban en el templo.

3 Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le dieran limosna.

4 Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: –Míranos.

5 Entonces él los miró atento, esperando recibir de ellos algo.

6 Pero Pedro dijo: –No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

7 Entonces lo tomó por la mano derecha y lo levantó. Al instante se le afirmaron los pies y tobillos;

8 y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, saltando y alabando a Dios.

9 Todo el pueblo lo vio andar y alabar a Dios.

10 Y lo reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.

11 Mientras el cojo que había sido sanado tenía asidos a Pedro y a Juan, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón.

12 Al ver esto Pedro, habló al pueblo: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho andar a este?

13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad.

14 Pero vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un homicida,

15 y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.

16 Por la fe en su nombre, a este, que vosotros veis y conocéis, lo ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.

17 Pero ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes.

18 Pero Dios ha cumplido así lo que antes había anunciado por boca de todos sus profetas: que su Cristo habría de padecer.

19 Así que, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de consuelo,

20 y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado.

21 A este, ciertamente, es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo,

22 pues Moisés dijo a los padres: «El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable,

23 y toda alma que no oiga a aquel profeta será desarraigada del pueblo».

24 Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días.

25 Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con nuestros padres diciendo a Abraham: «En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra».

26 A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijera, a fin de que cada uno se convierta de su maldad».

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Estudio y Comentario Bíblico de Hechos 3:

Cuando la fe se convierte en acción, la vida cambia

Hablar de fe a veces suena a algo lejano, casi intangible, ¿verdad? Pero aquí, la historia de Pedro y Juan nos muestra que la fe verdadera es algo vivo, que se siente y se ve en lo que hacemos. No dan dinero ni ofrecen soluciones fáciles; entregan algo mucho más profundo: el nombre de Jesús. Y eso, aunque suene sencillo, tiene un poder enorme. La sanidad que le regalan al cojo no es solo física, sino que transforma su espíritu y su manera de estar en el mundo. Cuando él se pone de pie y comienza a caminar, no solo recupera movilidad, también comienza a contar lo que pasó, a dar testimonio. Ahí es donde la fe se vuelve contagiosa y rompe cadenas que parecían eternas.

Un llamado que va más allá del momento

Lo que hace Pedro después no es solo celebrar el milagro, sino invitar a todos a mirar hacia adentro. Nos está diciendo que este cambio visible debería despertar algo más profundo en cada uno: un arrepentimiento sincero, que no es sólo sentirse mal por el pasado, sino abrir espacio para que algo nuevo crezca. En medio de una comunidad que esperaba un líder fuerte, un Mesías que trajera justicia política o guerra, Pedro les recuerda que Jesús es otra cosa; es la vida misma, la esperanza que no se apaga, incluso después de la cruz. Y es curioso cómo ese mensaje sigue resonando hoy, cuando tantas veces buscamos respuestas rápidas y olvidamos que la verdadera restauración toma tiempo y corazón.

Es como cuando alguien a quien has fallado te ofrece perdón sin condiciones; duele, sí, pero también libera. Esa gracia que Pedro anuncia es eso: una puerta abierta para reconstruir, para sanar desde adentro, con la mirada puesta en lo que viene, no solo en lo que quedó atrás.

Un hilo invisible que une generaciones

Lo más asombroso es cómo este capítulo nos recuerda que no estamos solos ni improvisando. La historia que vivimos no es un hecho aislado, sino parte de algo mucho más grande. Dios ha ido tejiendo esta historia con su pueblo a través de siglos, y Jesús es el centro de ese tejido. Escuchar a Pedro hablar de profetas y promesas nos hace entender que la voz de Dios sigue vibrando hoy, si estamos dispuestos a escucharla.

En realidad, es como una conversación que se pasa de generación en generación; no podemos simplemente cerrar la puerta y hacer como si no nos tocara. La fe es dinámica, corre, crece, nos desafía a tomar decisiones que impactan quiénes somos y cómo vivimos. Y eso puede asustar, pero también invita a ser valientes y a abrir el corazón a lo que Dios quiere hacer en nosotros y a través de nosotros.

Ser testigos auténticos en un mundo que necesita luz

Al final, lo que sucede con Pedro, Juan y el cojo no es solo una escena para admirar o recordar. Es un espejo donde podemos vernos reflejados y preguntarnos: ¿yo estoy dejando que Cristo actúe a través de mí? Porque ellos no se quedan con el mérito ni buscan protagonismo; señalan siempre hacia Jesús. Y eso es lo que nos toca hacer también.

Vivir la fe no es un acto pasivo ni reservado para unos pocos, es algo que se manifiesta en cada palabra, en cada gesto diario. Cuando somos transparentes, cuando dejamos que el amor y la autoridad de Cristo brillen en nosotros, nos convertimos en puentes para que otros encuentren esperanza. No es fácil, claro, y muchas veces nos sentimos inseguros o pequeños, pero esa es la belleza de la fe activa: no se trata de ser perfectos, sino de estar dispuestos a dejar que Dios nos use tal como somos, con nuestras dudas y nuestros miedos.

Testimonios de nuestros lectores:

Deja un comentario