Portada » Hechos 4

Hechos 4

📖 Estos anuncios nos ayudan a seguir creando contenido gratuito. Si quieres apoyar nuestro proyecto y ocultar los anuncios para siempre, toca aquí para hacerte miembro.
Escucha el capítulo bíblico: 🔊
Escucha el capítulo completo: 🔊

Volver al libro Hechos

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Lee el Capítulo 4 de Hechos y pulsa sobre cada versículo para ver su explicación.

Lectura y Explicación del Capítulo 4 de Hechos:

1 Mientras ellos hablaban al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y los saduceos,

2 resentidos de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de entre los muertos.

3 Y les echaron mano y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde.

4 Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los hombres era como cinco mil.

5 Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas,

6 y el Sumo sacerdote Anás, y Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de la familia de los Sumos sacerdotes;

7 y poniéndolos en medio, les preguntaron: –¿Con qué potestad o en qué nombre habéis hecho vosotros esto?

8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: –Gobernantes del pueblo y ancianos de Israel:

9 Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera este ha sido sanado,

10 sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.

11 Este Jesús es la piedra rechazada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.

12 Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

13 Entonces viendo la valentía de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se admiraban; y les reconocían que habían estado con Jesús.

14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra.

15 Entonces les ordenaron que salieran del Concilio; y deliberaban entre sí,

16 diciendo: –¿Qué haremos con estos hombres? Porque, de cierto, señal evidente ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que viven en Jerusalén, y no lo podemos negar.

17 Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémoslos para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre.

18 Entonces los llamaron y les ordenaron que en ninguna manera hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús.

19 Pero Pedro y Juan respondieron diciéndoles: –Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios,

20 porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

21 Ellos entonces, después de amenazarlos, los soltaron, no hallando ningún modo de castigarlos, por causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho,

22 ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad tenía más de cuarenta años.

23 Al ser puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.

24 Ellos, al oírlo, alzaron unánimes la voz a Dios y dijeron: «Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay;

25 que por boca de David tu siervo dijiste: «»¿Por qué se amotinan las gentes y los pueblos piensan cosas vanas?

26 Se reunieron los reyes de la tierra y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor y contra su Cristo».

27 Y verdaderamente se unieron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste,

28 para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera.

29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos que con toda valentía hablen tu palabra,

30 mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades, señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús».

31 Cuando terminaron de orar, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con valentía la palabra de Dios.

32 La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.

33 Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.

34 Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido

35 y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.

36 Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que significa «Hijo de consolación»), levita, natural de Chipre,

37 vendió una heredad que tenía y trajo el producto de la venta y lo puso a los pies de los apóstoles.

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Estudio y Comentario Bíblico de Hechos 4:

La valentía que nace del Espíritu Santo

Cuando pienso en Pedro y Juan enfrentando esa oposición tan dura, me impresiona cómo no dudan ni esconden lo que han vivido. No es que tengan una valentía común, de esas que salen solo del ánimo o del entrenamiento, sino que algo más profundo los sostiene: el Espíritu Santo. Esa fuerza invisible que llena, fortalece y acompaña, que nos recuerda que no estamos solos cuando el camino se pone difícil. Muchas veces queremos confiar solo en nosotros mismos, pero ahí está ese impulso divino para hablarnos con claridad y amor, incluso cuando todo parece estar en contra.

La unidad como fuerza transformadora

Lo que más me llama la atención de esa comunidad de Hechos 4 es la manera en que realmente se cuidan. No son solo personas que creen en lo mismo, sino que viven como una verdadera familia. Comparten lo que tienen, se preocupan por que nadie falte a nada, y eso cambia todo. Es como cuando en un grupo de amigos o familia todos ponen su granito para que nadie se sienta solo o en necesidad. Esa unidad no es solo un sueño bonito, sino algo que transforma la vida de cada uno y también la forma en que otros ven a esa comunidad.

Y no es solo que se vean bien juntos, sino que quienes los observan reconocen que hay algo genuino y poderoso en esa unión. Eso despierta admiración, respeto, y sobre todo, glorifica a Dios. Es un buen momento para preguntarnos: ¿cómo estamos siendo parte de una comunidad así? ¿De verdad nos apoyamos y damos lo mejor para reflejar ese amor que atrae y transforma?

El poder de la oración en la adversidad

Después de recibir amenazas, en lugar de rendirse o dejarse vencer por el miedo, esos primeros creyentes se reúnen y se lanzan a la oración, todos juntos. Eso me habla de una fuerza increíble que nace cuando nos volvemos a Dios con el corazón abierto. La oración no es solo un escape o un refugio cuando las cosas se complican, sino una fuente real de poder y claridad. Reconocen que Dios está en control, incluso cuando parece que todo se les viene encima, y que sus planes no fallarán, aunque las circunstancias digan lo contrario.

Además, esa oración no es pasiva. Es una confianza viva, activa, donde le piden a Dios que siga obrar a través de ellos, que les dé valor y que su obra se haga visible en señales y milagros. Esto me recuerda que mantener una vida de oración, especialmente en medio de pruebas, es la forma en que encontramos fuerzas para seguir adelante y ser, de verdad, instrumentos de algo más grande.

El mensaje central: Jesús, la piedra angular y única salvación

En medio de tantas preguntas y rechazos, Pedro no duda en decir lo que sabe con certeza: Jesús es la piedra angular, la base firme sobre la que se sostiene todo. No hay otro nombre que pueda salvarnos. Esa verdad es la raíz de la valentía y esperanza que vemos en los primeros creyentes. Hoy, cuando tantas voces nos confunden con opciones y caminos, este mensaje sigue siendo claro y necesario: ninguna religión, ninguna filosofía ni esfuerzo humano nos puede dar la vida que Jesús ofrece por medio de su muerte y resurrección. Solo Él es la llave que abre la puerta a la vida verdadera y eterna.

Testimonios de nuestros lectores:

Deja un comentario