Lectura y Explicación del Capítulo 71 de Salmos:
1 En ti, Jehová, me he refugiado; no sea yo avergonzado jamás.
2 Socórreme y líbrame en tu justicia; Inclina tu oído y sálvame.
4 Dios mío, líbrame de manos del impío, de manos del perverso y violento,
5 porque tú, Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud.
7 Como prodigio he sido a muchos, y tú mi refugio fuerte.
8 Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día.
9 No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabe, no me desampares,
10 porque mis enemigos hablan de mí y los que acechan mi alma se consultan entre sí,
11 diciendo: «Dios lo ha desamparado; perseguidlo y tomadlo, porque no hay quien lo libre».
12 ¡No te alejes, Dios, de mí; Dios mío, acude pronto en mi socorro!
14 Mas yo esperaré siempre y te alabaré más y más.
15 Mi boca publicará tu justicia y tus hechos de salvación todo el día, aunque no sé su número.
16 Volveré a los hechos poderosos de Jehová el Señor; haré memoria de tu justicia, de la tuya sola.
17 Me enseñaste, Dios, desde mi juventud, y hasta ahora he manifestadotus maravillas.
19 y tu justicia, Dios, que llega hasta lo excelso. ¡Tú has hecho grandes cosas! Dios, ¿quién como tú?
21 Aumentarás mi grandeza y volverás a consolarme.
23 Mis labios se alegrarán cuando cante para ti; y mi alma, la cual redimiste.
Estudio y Comentario Bíblico de Salmos 71
Confiar en Dios, un camino que dura toda la vida
Hay algo muy profundo en la invitación de este salmo: confiar en Dios desde que somos jóvenes y mantener esa confianza hasta que la vida nos canse. No es solo un recuerdo bonito del pasado, es una experiencia viva, como cuando alguien ha estado a tu lado desde siempre, desde antes de que pudieras siquiera caminar. El salmista habla de Dios como su refugio, ese lugar seguro que no cambia aunque el mundo alrededor se desmorone. Y lo hermoso es que esa confianza no se agota, sigue firme incluso cuando el cuerpo ya no responde igual, cuando la vejez asoma y parece que las fuerzas flaquean.
Dios como roca en medio de la tormenta
Imaginar a Dios como una roca o un refugio fuerte nos ayuda a entender algo que muchas veces olvidamos: la seguridad verdadera no está en lo que podemos controlar, sino en algo más grande que nos sostiene cuando todo parece incierto. No es que los problemas desaparezcan, pero sí hay una presencia que nos acompaña, que no se cansa ni se va. Es como un puerto donde podemos llegar cuando la tormenta arrecia y no sabemos hacia dónde ir.
Y hay algo que me toca mucho: la petición de no ser abandonado en la vejez. Porque en el fondo, todos tememos quedarnos solos o sin apoyo cuando ya no somos tan fuertes. Este salmo nos recuerda que Dios no solo protege, también consuela, acompaña y renueva. Nos ofrece esperanza cuando el cuerpo se cansa y la mente a veces se nubla.
Alabar a Dios, la respuesta que nace del corazón
Lo que más me conmueve es cómo el salmista no se queda solo en pedir ayuda. También promete alabar a Dios, reconocer lo que ha hecho y lo que seguirá haciendo. La fe, entonces, no es solo un grito en la dificultad, sino un diálogo constante de gratitud. Es como cuando después de una tormenta, aunque cansados, agradecemos el sol que vuelve a salir y nos llena de vida.
Compartir la fe para que siga viviendo
Y aquí está el deseo más noble: que nuestra experiencia con Dios no se quede solo en nosotros. Que lo que vivimos y aprendemos sea un faro para quienes vienen después. La fe no es un tesoro que guardamos en secreto, sino una llama que se pasa de mano en mano. Así, al contar lo que Dios ha hecho en nuestra vida, damos a otros la oportunidad de encontrar ese mismo refugio y esa misma esperanza cuando ellos la necesiten.















