Portada » Jeremías 2

Jeremías 2

📖 Estos anuncios nos ayudan a seguir creando contenido gratuito. Si quieres apoyar nuestro proyecto y ocultar los anuncios para siempre, toca aquí para hacerte miembro.
Escucha el capítulo bíblico: 🔊
Escucha el capítulo completo: 🔊

Volver al libro Jeremías

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente
Lee el Capítulo 2 de Jeremías y pulsa sobre cada versículo para ver su explicación.

Lectura y Explicación del Capítulo 2 de Jeremías:

1 Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

2 Anda y proclama a los oídos de Jerusalén, diciendo que así dice Jehová: «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada».

3 Santo era Israel a Jehová, primicias de sus nuevos frutos. Todos los que lo devoraban eran culpables; mal venía sobre ellos, dice Jehová».

4 ¡Oíd la palabra de Jehová, casa de Jacob y todas las familias de la casa de Israel!

5 Así dice Jehová: «¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad y se volvieron vanos?

6 No dijeron: «¿Dónde está Jehová, que nos hizo subir de la tierra de Egipto, que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón ni habitó en ella hombre alguno?

7 Os introduje en tierra de abundancia, para que comierais su fruto y sus bienes; pero entrasteis y contaminasteis mi tierra, e hicisteis abominable mi heredad.

8 Los sacerdotes no dijeron:»¿Dónde está Jehová?», y los que tenían la Ley no me conocieron; los pastores se rebelaron contra mí, los profetas profetizaron en nombre de Baal y anduvieron tras lo que no aprovecha.

9 Por tanto, pleitearé aún con vosotros, dice Jehová. Con los hijos de vuestros hijos pleitearé.

10 Pasad, pues, a las costas de Quitim y mirad; enviad a Cedar y considerad cuidadosamente. Ved si se ha hecho cosa semejante a esta.

11 ¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque estos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha.

12 ¡Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos! ¡Pasmaos en gran manera!, dice Jehová.

13 Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua.

14 ¿Es Israel un siervo? ¿Es un esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa?

15 Los cachorros del león rugieron contra él, alzaron su voz y asolaron su tierra; quemadas están sus ciudades, sin morador.

16 Aun los hijos de Menfis y de Tafnes te quebraron el cráneo.

17 ¿No te acarreó esto el haber dejado a Jehová, tu Dios, cuando te conducía por el camino?

18 Ahora, pues, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto para que bebas agua del Nilo? ¿Y qué tienes tú en el camino de Asiria para que bebas agua del Éufrates?

19 Tu maldad te castigará y tus rebeldías te condenarán; reconoce, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová, tu Dios, y no tener temor de mí, dice el Señor, Jehová de los ejércitos.

20 Porque desde hace mucho tiempo rompiste tu yugo y tus ataduras, y dijiste: «No serviré». Con todo eso, sobre todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso te acostabas como una prostituta.

21 Te planté de vid escogida, toda ella de buena simiente, ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña?

22 Aunque te laves con lejía y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dice Jehová, el Señor.

23 ¿Cómo puedes decir: «No soy impura, nunca anduve tras los baales»? Mira tu proceder en el valle, conoce lo que has hecho, dromedaria ligera que corre de un lado a otro,

24 asna montés acostumbrada al desierto, que en su ardor olfatea el viento. De su lujuria, ¿quién la detendrá? Ninguno que la busque se fatigará, porque en el tiempo de su celo la hallará.

25 Guarda tus pies de andar descalzos y tu garganta de la sed. Mas dijiste: «No hay remedio en ninguna manera, porque a extraños he amado y tras ellos he de ir».

26 Como se averguenza el ladrón cuando es descubierto, así se avergonzará la casa de Israel, ellos, sus reyes, sus príncipes, sus sacerdotes y sus profetas,

27 que dicen a un leño: «Mi padre eres tú», y a una piedra: «Tú me has engendrado». Me volvieron la espalda y no el rostro, pero en el tiempo de su calamidad dicen: «¡Levántate y líbranos!

28 ¿Y dónde están tus dioses que hiciste para ti? ¡Levántense ellos, a ver si pueden librarte en el tiempo de tu aflicción!, porque según el número de tus ciudades, Judá, han sido tus dioses.

29 ¿Por qué pleiteas conmigo? Todos vosotros os rebelasteis contra mí, dice Jehová.

30 En vano he azotado a vuestros hijos: no han admitido la corrección. Vuestra espada devoró a vuestros profetas como león destrozador.

31 ¡Oh generación!, atended vosotros a la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto para Israel o una tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: «Somos libres; nunca más vendremos a ti»?

32 ¿Se olvida la virgen de su atavío o la desposada de sus galas? Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por innumerables días.

33 ¡Cómo adornas tu camino para buscar amor! ¡Cómo aprendiste los caminos de maldad!

34 Aun en tus faldas se halló la sangre de los pobres, de los inocentes. No los sorprendiste en ningún delito; sin embargo, en todas estas cosas dices:

35 Soy inocente, de cierto su ira se apartó de mí». Yo entraré en juicio contigo, porque dijiste: «No he pecado».

36 ¿Por qué eres tan ligera para cambiar tus caminos? También serás avergonzada por Egipto, como fuiste avergonzada por Asiria.

37 También de allí saldrás con tus manos sobre la cabeza, porque Jehová desechó a aquellos en quienes tú confiabas, y no prosperarás con ellos.

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Estudio y Comentario Bíblico de Jeremías 2:

https://www.youtube.com/watch?v=zAECRcHy9Tc

Cuando el amor se pierde y la fidelidad se rompe

Jeremías 2 nos pinta una escena tan humana como dolorosa: un Dios que recuerda con cariño esos días en que su pueblo caminaba a su lado con la confianza y la entrega de un joven enamorado. Es como mirar atrás y sentir nostalgia por un tiempo en que todo parecía más sencillo, más puro. Pero esa cercanía se ha ido desgastando, y lo que antes era fidelidad se ha convertido en abandono y desilusión. Israel ha dejado la fuente de agua viva —que es Dios mismo— para ir tras cisternas rotas que no pueden contener ni una gota. Y lo curioso es que esa búsqueda siempre deja un vacío, una insatisfacción profunda que no se puede llenar con nada que no sea lo verdadero. Alejarse de Dios no es solo un error; es como intentar vivir sin aire, es condenarse a una vida seca y sin sentido.

Las heridas que deja la infidelidad espiritual

Pero no se trata solo de un sentimiento de tristeza. La ruptura con Dios trae consecuencias que se sienten en carne propia. No es un castigo impuesto desde afuera, sino más bien la consecuencia natural de apartarse de quien nos guía y protege. Cuando Israel decide confiar en otros dioses o en poderes extranjeros, se vuelve vulnerable, como una planta que, aunque fue cuidada, se convierte en un sarmiento extraño, sin fuerza ni raíz. Esta imagen me recuerda a esos momentos en que, por orgullo o desesperación, tomamos decisiones que nos alejan de lo que realmente nos sostiene y terminamos pagando el precio con dolor y pérdidas.

Y hay otro punto que duele aún más: la corrupción de quienes deberían ser un ejemplo, los sacerdotes, pastores y profetas. Cuando los líderes pierden integridad, la comunidad entera sufre, porque la confianza se rompe y el daño se profundiza. Esto nos hace pensar en lo importante que es, hoy más que nunca, exigir y valorar la autenticidad en quienes nos guían espiritualmente. Porque sin eso, ¿a quién le podemos confiar nuestro camino?

Un llamado a volver, lleno de esperanza

Lo hermoso de este capítulo es que, a pesar del reproche, no se queda en la condena. Hay un espacio para la reflexión, para mirar de frente la realidad y decidir dar la vuelta. Reconocer lo amargo que se vuelve el alejamiento de Dios es el primer paso para sanar. Y aquí está la mejor noticia: no importa cuán lejos estemos, Dios nunca cierra la puerta. Su amor es constante, fiel, como el abrazo que siempre espera para recibirnos de nuevo. Es un recordatorio de que, aunque hayamos tropezado, siempre hay camino de regreso a casa.

Testimonios de nuestros lectores:

Deja un comentario