Lectura y Explicación del Capítulo 77 de Salmos:
1 Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé porque él me escucha.
3 Me acordaba de Dios, me conmovía; me quejaba y desmayaba mi espíritu. Selah
4 No me dejabas pegar los ojos; estaba yo quebrantado y no hablaba.
5 Consideraba los días desde el principio, los años pasados.
6 Me acordaba de mis cánticos de noche; meditaba en mi corazón y mi espíritu inquiría:
7 ¿Desechará el Señor para siempre y no volverá más a sernos propicio?
8 ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa?
9 ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?» Selah
11 Me acordaré de las obras de Jah; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas.
12 Meditaré en todas tus obras y hablaré de tus hechos.
13 Dios, santo es tu camino; ¿qué dios es grande como nuestro Dios?
14 Tú eres el Dios que hace maravillas; hiciste notorio en los pueblos tu poder.
15 Con tu brazo redimiste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Selah
16 Dios, te vieron las aguas; las aguas te vieron y temieron; los abismos también se estremecieron.
17 Las nubes echaron inundaciones de aguas: tronaron los cielos y se precipitaron tus rayos.
19 En el mar fue tu camino y tus sendas en las muchas aguas; tus pisadas no fueron halladas.
20 Condujiste a tu pueblo como a ovejas por mano de Moisés y de Aarón.
Estudio y Comentario Bíblico de Salmos 77
Cuando el dolor toca el alma: un grito hacia Dios
Hay momentos en la vida en los que el dolor se siente tan profundo, tan real, que no queda más remedio que clamar con el corazón en la mano. En ese salmo, se refleja justamente esa experiencia humana: la desesperación que nos hace buscar a Dios, incluso cuando parece que está lejos o que su misericordia se ha agotado. Y es curioso, porque esa sensación de abandono no es el final del camino, sino el comienzo de algo mucho más honesto y profundo. El autor no oculta su quebranto, sus noches en vela ni esa alma que se resiste al consuelo fácil. Nos muestra que acercarnos a Dios con todas nuestras emociones, con dudas y tristeza incluidas, es parte esencial de crecer espiritualmente.
Aferrarse a los recuerdos que nos sostienen
Cuando la mente se pierde en la oscuridad, el salmista encuentra luz al recordar las obras poderosas de Dios. No es solo pensar en el pasado como un acto automático; es, en realidad, una manera de alimentar la fe y darle dirección al alma. Pensar en las maravillas que Dios ha hecho, en su fidelidad constante, es como un ancla que evita que nos hundamos en la tormenta. Esa memoria se convierte en un puente que une el presente difícil con la promesa de que Dios sigue ahí, listo para ayudar.
Esto me recuerda muchas veces cuando, en medio de mis propios problemas, simplemente detenerme a mirar atrás y ver cómo he sido sostenido antes me da fuerzas para seguir. No estamos solos en nuestro sufrimiento. Reconocer esa fidelidad, ya sea en nuestra historia o en la de otros, nos ofrece esperanza y nos invita a no rendirnos.
Dios en medio del caos: soberano y compañero de camino
El salmo cierra con una imagen poderosa: Dios como el soberano que controla todo, desde las aguas turbulentas hasta los truenos que retumban en el cielo. No es solo una descripción majestuosa, sino un recordatorio de que Él no está ausente, aunque a veces lo parezca. Está ahí, moviendo las piezas, guiando con mano firme a su pueblo, tal como hizo con Moisés y Aarón en tiempos de incertidumbre.
Saber que Dios camina a nuestro lado, incluso en las tormentas más oscuras, es un consuelo profundo. Nos asegura que ninguna prueba es en vano y que no estamos abandonados. En esos momentos donde todo parece fuera de control, esa presencia firme puede ser la luz que nos invita a seguir adelante, con la certeza de que no caminamos solos.















