Lectura y Explicación del Capítulo 75 de Salmos:
2 En el tiempo que yo decida, juzgaré rectamente.
3 Se arruinaban la tierra y sus moradores; yo sostengo sus columnas. Selah
4 Dije a los insensatos: «¡No os jactéis!»; y a los impíos: «¡No os enorgullezcáis;
5 no hagáis alarde de vuestro poder; no habléis con cerviz erguida!»,
6 porque ni de oriente ni de occidente ni del desierto viene el enaltecimiento,
7 pues Dios es el juez; a este humilla, y a aquel enaltece.
9 Pero yo siempre anunciaré y cantaré alabanzas al Dios de Jacob.
10 Quebrantaré todo el poderíode los pecadores, pero el poder del justo será exaltado.
Cuando la justicia humana choca con la soberanía divina
Hay algo en Salmos 75 que me ha acompañado muchas veces en momentos de confusión y dolor: la idea de que Dios no es un juez cualquiera, sino el juez supremo que sostiene todo lo que existe. No está corriendo detrás de cada injusticia con prisa ni tomando decisiones al azar. Más bien, tiene un tiempo perfecto para actuar, un tiempo que a veces se nos escapa porque queremos respuestas ya, rápido, aquí y ahora.
Entender eso, que hay un momento divino para que la justicia se manifieste, es como quitarse un peso enorme de encima. No significa que debamos quedarnos cruzados de brazos, sino que podemos respirar un poco más tranquilos en medio del caos, sabiendo que la justicia verdadera no depende solo de nosotros ni de las circunstancias inmediatas. Es un alivio saber que no todo está perdido cuando el mundo parece desmoronarse bajo la sombra de la injusticia.
El riesgo de creernos intocables y la fuerza de la humildad
El salmista no se queda en la contemplación pasiva, sino que nos lanza una advertencia que siempre cala hondo: la arrogancia y el orgullo pueden ser trampas mortales. Muchas veces, la gente cree que tener poder o éxito es sinónimo de estar protegido, de no tener que rendir cuentas. Pero la realidad es otra. Dios decide a quién levantar y a quién bajar, y no se deja engañar por apariencias ni por falsas seguridades.
Lo curioso es que esta lección sigue siendo tan vigente, quizá más que nunca. Vivimos en una época donde el brillo de un título o la fama momentánea puede nublar la verdadera justicia, y muchos se pierden en esa ilusión. Por eso, el llamado a la humildad es tan necesario: porque solo reconociendo nuestra fragilidad podemos abrirnos a la gracia que sostiene y transforma.
La copa que no se derrama por accidente
Me gusta imaginar esa imagen de la copa en la mano de Dios. No es una copa cualquiera: está llena, lista, y representa ese juicio que no se va a postergar eternamente. Es como si estuviéramos viendo un reloj que marca el final de una espera, pero donde cada segundo tiene un propósito y un sentido.
Fe que sostiene más allá del juicio
En medio de esta escena de juicio inminente, el salmista hace algo que me parece hermoso y valiente: decide alabar a Dios. No es algo fácil cuando se habla de justicia, porque a veces pensamos en castigos y en miedo. Pero aquí está la fe que sabe que esa justicia es también esperanza, que esa mano que juzga es la misma que sostiene y levanta. Es un recordatorio para no perder la confianza, aunque el camino sea duro, porque no caminamos solos ni a ciegas.















