Portada » Hechos 27

Hechos 27

📖 Estos anuncios nos ayudan a seguir creando contenido gratuito. Si quieres apoyar nuestro proyecto y ocultar los anuncios para siempre, toca aquí para hacerte miembro.
Escucha el capítulo bíblico: 🔊
Escucha el capítulo completo: 🔊

Volver al libro Hechos

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Lee el Capítulo 27 de Hechos y pulsa sobre cada versículo para ver su explicación.

Lectura y Explicación del Capítulo 27 de Hechos:

1 Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta.

2 Nos embarcamos en una nave adramitena que iba a tocar los puertos de Asia, y zarpamos. Estaba con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.

3 Al otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuera a los amigos para ser atendido por ellos.

4 Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios.

5 Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira, ciudad de Licia.

6 Allí el centurión halló una nave alejandrina que zarpaba para Italia, y nos embarcó en ella.

7 Navegamos despacio muchos días, y habiendo llegado a duras penas frente a Gnido porque nos lo impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón.

8 Después de costearla con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.

9 Como habíamos perdido mucho tiempo y era ya peligrosa la navegación por haber pasado ya el ayuno, Pablo los amonestaba,

10 diciéndoles: –Veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no solo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras vidas.

11 Pero el centurión daba más crédito al dueño y al capitán de la nave que a lo que Pablo decía.

12 Y como el puerto era incómodo para invernar, la mayoría acordó zarpar de allí e intentar llegar a Fenice, puerto de Creta que mira al sudoeste y noroeste, e invernar allí.

13 Y como comenzó a soplar una brisa del sur, les pareció que podían continuar el viaje. Entonces levaron anclas y fueron costeando Creta.

14 Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón.

15 La nave era arrastrada, y al no poder poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar.

16 Después de pasar a sotavento de una pequeña isla llamada Clauda, con dificultad pudimos recoger el esquife.

17 Una vez subido a bordo, usaron de refuerzos para asegurar las amarras de la nave; y por temor de dar en la Sirte, arriaron las velas y quedaron a la deriva.

18 Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a deshacerse de la carga,

19 y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave.

20 Al no aparecer ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.

21 Entonces Pablo, como hacía ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: –Habría sido por cierto conveniente haberme oído, y no zarpar de Creta tan solo para recibir este perjuicio y pérdida.

22 Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave,

23 pues esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo,

24 y me ha dicho: «Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; además, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo».

25 Por tanto, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho.

26 Con todo, es necesario que demos en alguna isla.

27 Al llegar la decimacuarta noche, y siendo llevados a través del mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que estaban cerca de tierra.

28 Echaron la sonda y hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volvieron a echar la sonda y hallaron quince brazas.

29 Temiendo dar en escollos, echaron cuatro anclas por la popa, y ansiaban que se hiciera de día.

30 Entonces los marineros procuraron huir de la nave, y echando el esquife al mar aparentaban como que querían largar las anclas de proa.

31 Pero Pablo dijo al centurión y a los soldados: –Si estos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros.

32 Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y lo dejaron perderse.

33 Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comieran, diciendo: –Este es el decimocuarto día que veláis y permanecéis en ayunas, sin comer nada.

34 Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud, pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá.

35 Y dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y comenzó a comer.

36 Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también.

37 Y éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis.

38 Una vez satisfechos, aligeraron la nave echando el trigo al mar.

39 Cuando se hizo de día, no reconocieron el lugar, pero vieron una ensenada que tenía playa, en la cual acordaron varar la nave, si podían.

40 Cortaron, pues, las anclas y las dejaron en el mar; aflojaron también las amarras del timón, izaron al viento la vela de proa y enfilaron hacia la playa.

41 Pero, dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave. La proa, hincada, quedó inmóvil, y la popa se abría con la violencia del mar.

42 Entonces los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se fugara nadando.

43 Pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió este intento, y mandó que los que supieran nadar se arrojaran al agua primero y salieran a tierra;

44 y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la nave. Y así aconteció que todos se salvaron saliendo a tierra.

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Estudio y Comentario Bíblico de Hechos 27:

Cuando la Tormenta Parece Imparable, Pero la Providencia Sigue Actuando

El relato de Hechos 27 no es solo una historia de un naufragio; es más bien un espejo que nos muestra cómo, incluso cuando todo parece perdido y fuera de control, hay una fuerza mayor que sostiene nuestra vida. Imagínate estar en medio de una tormenta brutal, con el viento y las olas golpeando sin piedad, y sentir que la nave está a punto de hundirse. En ese momento, lo que más pesa no es solo el miedo o la incertidumbre, sino la lucha interna por creer que, a pesar de todo, hay un propósito que no se va a romper. Es en estos instantes, cuando las cosas se ponen feas, que la presencia de Dios se vuelve palpable, aunque a veces solo la percibamos como un susurro en medio del caos.

La Fe que Se Mantiene Firme Cuando Todo se Derrumba

Pablo, en medio de ese desastre, se convierte en un faro. No porque ignore el peligro, sino porque su esperanza viene de un lugar más profundo que la lógica o la desesperación. Lo curioso es que, aunque sus advertencias no fueron escuchadas al principio, él sigue firme, sereno, con una fe que no se tambalea. Nos recuerda que la verdadera fuerza no viene de evitar las dificultades, sino de cómo las enfrentamos por dentro. Cuando anima a compartir el alimento y a sostener el ánimo, está enseñándonos una lección vital: cuidar de uno mismo y de los demás es una forma real de resistir la tormenta.

Es fácil pensar que la fortaleza viene solo del exterior, pero lo que Pablo muestra es que una confianza basada en algo más grande – en una revelación clara de Dios – puede transformar la desesperación en esperanza. Y eso, a su vez, inspira a quienes están a su alrededor a no rendirse. Me hace pensar en esas veces en las que uno ha estado a punto de perder la fe, pero alguien cercano, con palabras o acciones, te recuerda que no estás solo y que aún hay camino por delante.

Salvar a Todos: Un Recordatorio de que Nadie Está Excluido

Lo que más me toca de esta historia es cómo Dios no solo se preocupa por un individuo destacado, sino por cada persona en esa nave. No importa quién seas o en qué lugar estés, el cuidado divino es para todos. Aunque el barco se hunda, lo que realmente importa es que las vidas se preserven, porque cada una tiene un propósito. Es un recordatorio que la salvación no es algo individualista, sino que se extiende a la comunidad entera, a la familia, a los amigos, a los desconocidos que compartimos este viaje llamado vida.

Y esto nos invita a pensar en la importancia de caminar juntos, especialmente cuando las cosas se complican. En realidad, nadie está hecho para enfrentar la tormenta solo. Cuando nos apoyamos y cuidamos unos a otros, no solo sobrevivimos, sino que crecemos en esperanza y fortaleza. La salvación que Dios ofrece no es solo para el alma, sino para todo nuestro ser, y se refleja en cómo enfrentamos las dificultades de la vida, hombro con hombro.

Testimonios de nuestros lectores:

Deja un comentario