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Lectura y Explicación del Capítulo 4 de Romanos:
1 ¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?
2 Si Abraham hubiera sido justificado por las obras, tendría de qué gloriarse, pero no ante Dios,
3 pues ¿qué dice la Escritura?: «Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia.
4 Pero al que trabaja no se le cuenta el salario como un regalo, sino como deuda;
5 pero al que no trabaja, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.
7 diciendo: «Bienaventurados aquelloscuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos.
8 Bienaventurado el hombre a quienel Señor no culpa de pecado».
14 porque si los que son de la Ley son los herederos, vana resulta la fe y anulada la promesa.
15 La ley produce ira; pero donde no hay Ley, tampoco hay transgresión.
21 plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.
22 Por eso, también su fe le fue contada por justicia.
23 Pero no solo con respecto a él se escribió que le fue contada,
25 el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.
Estudio y Comentario Bíblico de Romanos 4:
La fe: el verdadero cimiento de la justicia ante Dios
Cuando leemos Romanos 4, nos topamos con una idea que puede cambiar la forma en que vemos nuestra relación con Dios: la justicia no es algo que ganamos a punta de esfuerzos o buenas acciones. Más bien, es un regalo que llega cuando confiamos de corazón. Abraham es el ejemplo perfecto de esto. No fue su obediencia a la ley ni sus obras lo que lo hizo justo, sino su fe en la promesa de Dios. Y eso nos habla a todos, porque no importa quién hayamos sido o qué hayamos hecho, la justicia que Dios ofrece no depende de nuestros méritos, sino de nuestra confianza en Él.
Creer cuando todo parece imposible
La fe de Abraham no fue una fe cómoda ni fácil; fue una fe valiente, una que se mantiene firme incluso cuando la realidad parece decir lo contrario. Imagínate tener la edad que él tenía y enfrentarte a la idea de que no podrías tener hijos con Sara, por la esterilidad y el tiempo que había pasado. Sin embargo, Abraham creyó. Esa confianza activa, que desafía la lógica y se aferra a la fidelidad de Dios, es la que transforma las cosas imposibles en posibles.
Lo hermoso es que esta esperanza no era un simple deseo o un sueño ingenuo. Abraham estaba convencido, con una certeza profunda, de que Dios cumpliría su palabra. Y ese mismo tipo de fe es la que necesitamos hoy, para sostenernos cuando la vida nos pone a prueba y para descubrir que, a veces, los caminos más inesperados son los que Dios abre para nosotros.
Una justicia que va más allá de reglas y fronteras
Pablo nos recuerda que la justicia que Dios da por medio de la fe no es exclusiva ni limitada. No es algo reservado para quienes cumplen una lista de reglas o pertenecen a un grupo particular. Abraham fue declarado justo antes de cumplir con la señal de la circuncisión, y eso es clave. Nos dice que la justicia de Dios está abierta a todos, sin importar raza, cultura o historia. Esa promesa no excluye a nadie, y eso tiene un peso enorme en cómo entendemos la comunidad de creyentes: somos todos parte de una misma familia, unidos por la fe.
Romper esas barreras es un acto de amor que invita a dejar de lado prejuicios y mirar al otro como alguien que también puede recibir esa justicia de Dios, sin condiciones.
Jesús resucitado: la garantía de que nuestra fe no es en vano
El capítulo no se queda solo en Abraham. Nos lleva directo a Jesús, a quien Dios entregó por nuestros errores y resucitó para demostrarnos que en Él tenemos justificación. La resurrección es mucho más que un hecho histórico; es la prueba palpable de que Dios tiene poder sobre la muerte y que nuestra confianza en Cristo no es algo vacío, sino vivo y poderoso.
Por eso, cuando ponemos nuestra fe en Jesús, no estamos creyendo en un Dios lejano, sino en alguien que venció la muerte y nos ofrece una vida nueva, llena de esperanza y alegría. Romanos 4 nos invita a vivir desde esa certeza, sabiendo que esa justicia que recibimos no solo cambia nuestro estado frente a Dios, sino que también transforma nuestro corazón y nos une a una familia que trasciende el tiempo y el espacio.















