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Lectura y Explicación del Capítulo 7 de Mateo:
1 No juzguéis, para que no seáis juzgados,
2 porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá.
4 ¿O cómo dirás a tu hermano: «Déjame sacar la paja de tu ojo», cuando tienes la viga en el tuyo?
7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá,
8 porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
14 pero angosta es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?
17 Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
18 No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.
20 Así que por sus frutos los conoceréis.
23 Entonces les declararé: «Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!
28 Cuando terminó Jesús estas palabras, la gente estaba admirada de su doctrina,
29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Estudio y Comentario Bíblico de Mateo 7:
Mirarnos con honestidad antes de mirar al otro
En Mateo 7, Jesús nos invita a hacer una pausa y mirar dentro de nosotros mismos antes de señalar lo que vemos en los demás. Es como cuando tenemos una astilla en el ojo y, sin darnos cuenta, intentamos sacar la paja del ojo ajeno. Lo curioso es que esta invitación va más allá de simplemente evitar críticas superficiales; se trata de un llamado profundo a la humildad y a la autoconciencia. Reconocer nuestras propias limitaciones y errores no es fácil, pero es el primer paso para poder tender una mano sincera a quienes nos rodean, sin hipocresías que terminan lastimando tanto a otros como a nosotros mismos.
Confiar en Dios y vivir el amor en lo cotidiano
Jesús nos anima a acercarnos a Dios con esa confianza que nace de la experiencia, como quien sabe que puede llamar a la puerta y será recibido. Es un recordatorio tierno de que nuestra relación con Él no es distante ni fría, sino cercana, viva y persistente. Cuando pedimos, cuando buscamos, cuando llamamos, no lo hacemos en vano; hay una promesa de respuesta generosa que nos sostiene en los días difíciles.
Al mismo tiempo, nos señala que la clave para una vida justa no está en rituales o grandes gestos, sino en ese mandamiento sencillo y poderoso de tratar a los demás como quisiéramos ser tratados. En un mundo donde tantas veces el egoísmo parece imponerse, este principio se vuelve un faro que puede transformar nuestras relaciones y comunidades, sembrando confianza y respeto en cada encuentro cotidiano.
Decidir caminar por el camino menos transitado
Este capítulo nos desafía a tomar una decisión que no siempre es cómoda: elegir el camino estrecho, el que exige esfuerzo y valentía, pero que lleva a la vida verdadera. Es fácil dejarse llevar por la corriente del camino amplio, que parece más sencillo y atractivo, pero que a la larga conduce a la perdición. Aquí se nos recuerda que nuestras elecciones no son solo para el momento, sino que tienen un peso eterno. No basta con escuchar las palabras de Jesús; la verdadera prueba está en vivirlas, en construir nuestra vida sobre esa roca firme que nos sostiene cuando llegan las tormentas.
La fe auténtica nace en la coherencia del corazón
Jesús nos advierte sobre los falsos profetas y la importancia de aprender a discernir más allá de las apariencias. No es raro que alguien pueda decir “Señor, Señor” sin que eso refleje un compromiso real. Por eso, la fe auténtica no se mide solo por palabras o títulos, sino por los frutos que brotan en nuestra vida diaria: la obediencia, la sinceridad, el amor verdadero.
Este llamado a la autenticidad puede resultar duro, porque nos confronta con la necesidad de ser sinceros con nosotros mismos y con Dios. Pero también es liberador, porque nos invita a dejar atrás máscaras y a vivir una espiritualidad que se siente, que se vive, que transforma desde adentro hacia afuera.















