Portada » 2 Samuel 11

2 Samuel 11

📖 Estos anuncios nos ayudan a seguir creando contenido gratuito. Si quieres apoyar nuestro proyecto y ocultar los anuncios para siempre, toca aquí para hacerte miembro.
Escucha el capítulo bíblico: 🔊
Escucha el capítulo completo: 🔊

Volver al libro 2da. de Samuel

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente
Lee el Capítulo 11 de 2da. de Samuel y pulsa sobre cada versículo para ver su explicación.

Lectura y Explicación del Capítulo 11 de 2da. de Samuel:

1 Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, junto a sus siervos y a todo Israel, y ellos derrotaron a los amonitas y sitiaron a Rabá, mientras David se quedó en Jerusalén.

2 Un día, al caer la tarde, se levantó David de su lecho, y se paseaba sobre el terrado de la casa real, cuando vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa.

3 Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: «Aquella es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías, el heteo».

4 Envió David mensajeros que la trajeran, y la tomó; cuando llegó, él durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y regresó a su casa.

5 La mujer concibió y mandó a decir a David: «Estoy encinta».

6 Entonces David envió a decir a Joab: «Envíame a Urías, el heteo». Y Joab envió a Urías a David.

7 Cuando Urías llegó ante él, David le preguntó por la salud de Joab, por la salud del pueblo y por la marcha de la guerra.

8 Después dijo David a Urías: «Desciende a tu casa, y lava tus pies». Cuando Urías salió de la casa del rey, le enviaron un presente de la mesa real.

9 Pero Urías durmió a la puerta de la casa del rey, con todos los guardias de su señor, y no descendió a su casa.

10 Le hicieron saber esto a David diciendo: «Urías no ha descendido a su casa». Entonces David dijo a Urías: –¿Acaso no vienes de viaje? ¿Por qué, pues, no descendiste a tu casa?

11 Urías respondió a David: –El Arca, Israel y Judá habitan bajo tiendas; mi señor Joab y los siervos de mi señor, en el campo; ¿cómo iba yo a entrar en mi casa para comer y beber, y dormir con mi mujer? ¡Por vida tuya y por vida de tu alma, nunca haré tal cosa!

12 David dijo entonces a Urías: –Quédate aquí hoy también, y mañana te despediré. Se quedó Urías aquel día y el siguiente en Jerusalén.

13 David lo convidó a comer y a beber con él hasta embriagarlo. Por la tarde salió a dormir en su cama, junto a los guardias de su señor; pero no descendió a su casa.

14 A la mañana siguiente, escribió David una carta a Joab, la cual envió por mano de Urías.

15 En ella decía: «Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y alejaos de él, para que sea herido y muera».

16 Así, cuando Joab sitió la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes.

17 Salieron los de la ciudad y pelearon contra Joab; cayeron algunos del ejército de los siervos de David, y murió también Urías, el heteo.

18 Entonces Joab mandó a comunicar a David todos los asuntos de la guerra.

19 Y dio esta orden al mensajero: «Cuando acabes de contar al rey todos los asuntos de la guerra,

20 si el rey comienza a enojarse, y te dice: «¿Por qué os habéis acercado tanto a la ciudad para combatir? ¿No sabíais lo que suelen tirar desde el muro?

21 ¿Quién hirió a Abimelec hijo de Jerobaal? ¿No arrojó una mujer desde el muro un pedazo de rueda de molino, y murió él en Tebes? ¿Por qué os habéis acercado tanto al muro?» Entonces tú le dirás: «También tu siervo Urías, el heteo, ha muerto»».

22 Partió el mensajero y, al llegar, contó a David todo aquello que Joab le había mandado.

23 Dijo el mensajero a David: –Pudieron más que nosotros los hombres que salieron al campo en contra nuestra, bien que les hicimos retroceder hasta la entrada de la puerta;

24 pero los flecheros tiraron contra tus siervos desde el muro, y murieron algunos de los siervos del rey; también murió tu siervo Urías, el heteo.

25 David respondió al mensajero: –Así dirás a Joab: «No tengas pesar por esto, porque la espada consume, ora a uno, ora a otro; refuerza tu ataque contra la ciudad, hasta que la rindas». Y tú aliéntale.

26 Al oir la mujer de Urías que su marido Urías había muerto, hizo duelo por él.

27 Pasado el luto, envió David por ella, la trajo a su casa y la hizo su mujer; ella le dio a luz un hijo. Pero esto que David había hecho fue desagradable ante los ojos de Jehová.

Capítulo Anterior|Capítulo Siguiente

Estudio y Comentario Bíblico de 2da. de Samuel 11

La fragilidad humana en medio del poder

A veces, nos cuesta aceptar que incluso quienes parecen tenerlo todo —como el rey David— pueden tropezar. David, que era un hombre muy cercano a Dios, atravesó un momento oscuro, una debilidad que desencadenó consecuencias que nadie esperaba. Lo curioso es que el poder, lejos de protegernos, puede ser un terreno fértil para el egoísmo y la injusticia si no estamos atentos. Esta historia nos susurra una verdad sencilla pero profunda: nadie está exento de equivocarse, y la humildad es nuestro mejor escudo contra esas caídas.

Cuando la distancia abre la puerta a la tentación

Imagínate a David, en su palacio en Jerusalén, mientras su ejército está en batalla. No está en el frente, no está con sus hombres; está lejos, cómodo, quizás distraído. Y ahí es donde empieza todo. A veces, cuando nos alejamos de lo que realmente importa o descuidamos lo que tenemos delante, dejamos que el corazón se desvíe. La inacción, ese no hacer nada, puede ser más peligrosa de lo que pensamos. En lugar de protegernos, nos vuelve vulnerables.

Pero lo que sigue es aún más duro: el pecado de David no solo le afecta a él. Su error se extiende, golpea a personas inocentes, genera dolor, traición y muerte. Nos recuerda que nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, nunca son en solitario. Cada decisión tiene un eco, una repercusión que puede romper vidas y relaciones.

La justicia de Dios y el camino del arrepentimiento

Al terminar este capítulo, sentimos la gravedad de lo que pasó, aunque no vemos aún a David enfrentando su error. Lo que sí queda claro es que Dios no mira para otro lado. Él no acepta el pecado, sin importar quién lo cometa. Su santidad es firme y nos invita, más que a la condena, a mirar dentro de nosotros mismos, a reconocer nuestras fallas y a buscar esa gracia que no solo perdona, sino que también transforma. Porque admitir que nos equivocamos no es fácil, pero es el primer paso para sanar y seguir adelante.

Testimonios de nuestros lectores:

Deja un comentario